lunes, 28 de octubre de 2013

La amenaza apocalíptica del volcan Cumbre Vieja .


Hay un volcán en la Isla Canaria de La Palma que amenaza al mundo.
El asunto es que este volcán está fracturado y si se llegase a quebrar del todo...sería

La trompeta del apocalipsis

Pues según los científicos sería similar a la caída de un meteorito cayendo en el mar... y causaría un mega tsunami ( Una ola de 50 metros ) que devastaría todo el caribe arrasando hasta la costa de los EE UU .
Lo bueno ..Que eso puede pasar en 300 años más
Lo malo es que puede pasar hoy ...el asunto es impredecible ..Pero el daño es calculable.
Esto lo pongo en "profecías en curso" ya que en la Biblia en el último libro llamado Revelación o Apocalipsis 8:8 dice lo siguiente:

    Apocalipsis 8:8 El segundo ángel tocó la trompeta, y como una gran montaña ardiendo en fuego fue precipitada en el mar; y la tercera parte del mar se convirtió en sangre.
    Rev 8:9 Y murió la tercera parte de los seres vivientes que estaban en el mar, y la tercera parte de las naves fue destruida

Al principio pensé que era un meteoro impactando en el mar ...pero leyendo bien dice que es una montaña ardiendo en fuego lo que causa el estrago ..

Como una gran montaña ardiendo en fuego...
fue precipitada en el mar

"blogs.periodistadigital.com"

jueves, 12 de septiembre de 2013

¡Me dijo que NO!

¿Has experimentado la dolorosa respuesta de un NO a una proposición de noviazgo?, quizá estuviste ilusionado con una chica o un chico durante mucho tiempo, entablando una hermosa amistad, pensaste que los dos se gustaban y quizá así era, pero llegado el momento de declararle tu amor y proponerle un noviazgo ella o él te dijo: NO.

A menudo recibo cartas y mensajes de chicos o chicas que fueron “rechazados” al declarar suamor por esa persona de la cual pensaron que estaban enamorados y puedo notar en esas cartas y mensajes una frustración muy grande como que si todo en su mundo hubiera acabado en el momento de recibir como respuesta un NO.

Hoy quiero dedicar este articulo a todos aquellos que en su momento recibieron un NO como respuesta después de una proposición de noviazgo.
Una linda amistad no necesariamente significa un futuro noviazgo

Hay un problema recurrente en las amistades y es que no se sabe diferenciar muchas veces entre una linda amistad y una intención de entablar un noviazgo. Por lo general todo noviazgo comienza por una hermosa amistad, pero no necesariamente es la regla general, es decir que puede que tengas una hermosa amistad con una chica, pero no necesariamente significa que esa chica que te ve como amigo quiera en un futuro entablar un noviazgo contigo.

Nosotros los hombres somos muy rápidos para ilusionarnos, no sé porque razón pensamos que cuando una chica nos trata bien, es atenta con nosotros y cariñosa es que le gustamos o quiere un noviazgo en un futuro cercano con nosotros. Si hay alguien que se ilusiona rápidamente con cualquier demostración de afecto o amor, somos nosotros los hombres, también las mujeres eh, pero nosotros en mayor medida con pocas demostraciones, en cambio la mujer a pesar que también puede ilusionarse rápidamente, no lo hace con pocas demostraciones, sino con varias y sobre todo con palabras que la hagan sentir importante, querida, pero sobre todo amada.

El error que muchos en algún momento cometemos es que pensamos que aquella chica que me aprecia mucho y de la cual estoy ilusionado me dará un SI como respuesta cuando le declare mi amor, pero siendo realistas hay muchas amistades que solo quieren ser eso AMISTAD, y muchos prefieren arriesgar su amistad para ver que sale, en lugar de cuidar esa amistad que puede ser para toda la vida.

En algún momento de mi vida tuve que decidir que quería de alguna chica, si su amistad de por vida o perder esa amistad por intentar tener un noviazgo. Al decidir no perder esa amistad influenciado por una ilusión momentánea acerté y ahora tengo amigas de por vida y muy buenas amistades que de haber intentado otra cosa seguro hubiera perdido y no hubiera disfrutado ahora de esa amistad sincera y confiada.

No toda la que te trata bien es porque quiere ser tu novia, tampoco no todo el que te trata bien y te dice cosas lindas quiere ser tu novio. Hay amistades que rozan el amor, pero más allá de un interés sentimental hay un interés por tu vida y por tu bienestar. ¡Hay que saber diferenciar eso!

Ahora bien la siguiente pregunta es:
¿Qué pasa si me le declaro porque pensé que me iba a decir que SI?

A veces todo a punta a que se gustan mutuamente, a que se quieren y a que es probable que su amistad termine en un bonito noviazgo.

Haber, narremos un episodio posible de un suceso como estos, nuestro personaje se llama Alejandro, quien esta enamorado de Paola:

Alejandro conoció a Paola quien llego a la Iglesia y entrego su vida a Cristo, Alejandro ya tenia algunos años de asistir a esa Iglesia y por alguna razón desde el primer día que vio a Paola sintió algo extraño, ¿Amor?. Alejandro era líder de jóvenes, tenia a varios jóvenes a su cargo y su privilegio lo detenía de hacer cosas que los demás podían hacer pero que él poramor a sus ovejitas no podía hacer. Providencialmente (según Alejandro), Paola fue a congregarse a su grupo de jóvenes, eso le dio la oportunidad a Alejandro de discipularla junto con otras hermanas, fue allí cuando comenzaron a entablar una hermosa amistad. Paola era menor que Alejandro unos cuantos años, pero parecía que se llevaban muy bien.

Durante varios meses fueron fortaleciendo esa amistad que pronto se demostró como un interés de parte de los dos, todo parecía que los dos se gustaban, se querían y se preocupan el uno por el otro. Andaban siempre junto a pesar que solo eran amigos, Alejandro por ser líder de jóvenes tenia bien en claro que tenia que orar a Dios para que le confirmara si Paola era la chica que Dios quería para él. Paola a pesar que era nueva en el evangelio también pedía dirección a Dios a su manera. Alejandro esperaba una respuesta de Dios pues no quería equivocarse, eso hizo que el tiempo pasara y parecía que todo apuntaba a que un día iban a estar juntos como un noviazgo.

Era una amistad fantástica, disfrutaban cada momento juntos, ahora hasta servían juntos en varios Ministerios, salían a comer, a pasear, todo en un buen ambiente de amistad sin sobrepasarse nunca.

Después de un par de años, cuando Paola ya tenia una edad prudencial para entablar un noviazgo, Alejandro decidió que era el momento adecuado, pues él sentía que Dios ya le había dado respuesta de que esa era la chica para él. Alejandro estaba muy emocionado de saber que por fin entablaría un noviazgo con una chica a la cual sentía amar. Entonces Alejandro como de costumbre invito a Paola a cenar, esta vez a un lugar más bonito que de costumbre, mientras disfrutaban de su platillo favorito Alejandro comenzó a hablarle a Paola lo que para él significaba su amistad, Alejandro por varias semanas había ensayado cada palabra que quería que Paola supiera, el sabia que el amor que el sentía hacia ella se merecía lo mejor y eligió sus mejores palabras que expresaran lo que realmente sentía por ella.

Mientras Paola escuchaba a Alejandro lagrimas comenzaron a salir de sus ojos y recorrían sus mejillas, Alejandro se inspiro más para expresar todo su amor y cada palabra que de suboca salía se escuchaba tan sincera y llena de amor, mientras Paola lloraba sin quererlo hacer. Cuando Alejandro termino su proposición la cual fue magnifica, no espero menos que un SI, al ver llorar a Paola creyó que ella saldría hacia sus brazos a corresponder todo suamor, sin embargo Paola lloraba por otro motivo, ella solo pudo decir: “Lo siento, yo estoy orando por otro chico”, mientras se levanto de la mesa y se fue. Alejandro se quedo sin palabras, llegaron tantos pensamientos a su mente y por más que pensara no entendía que fue lo que fallo, se sintió tan mal, llego a su casa, se encerró en su cuarto y esa noche lloro como un niño pregúntando a Dios que fue lo que fallo.

Fueron muchas las noches que Alejandro lloraba en su cuarto mientras le pedía a Dios que le quitara ese sentimiento hacia Paola, le pedía que al día siguiente al despertar ya no sintiera nada, pero cuando despertaba seguía sintiendo lo mismo, y es que el sentimiento tarda en ocasiones de salir de nuestro corazón cuando nos ilusionamos.

Alejandro enojado con Dios, dejo de asistir regularmente a la Iglesia, se sentía devastado, sentía que todo había terminado para él, que ni el hecho de ser líder había tenido repercusión en Dios para que lo guiara, pero más allá de una culpa divina, era una idea la que Alejandro se había forjado y como consecuencia pensó que Dios lo avalaba.

Alejandro dejo de ir a la Iglesia, mientras Paola se convirtió en una líder. Paola recordaba mucho a su querido amigo Alejandro pero tenia miedo de acercarse a el porque podría dañarse más o ilusionarse con ella por la ayuda que le podría brindar, pues en más de alguna ocasión quiso acercase a él para ayudarlo pero Alejandro dolido por todo no se lo permitió.

Esta historia puede ser el caso de muchos chicos o chicas que en su momento creyeron estar enamorados y al recibir un NO como respuesta decidieron dejar todo lo que antes les importaba.

Alejandro a pesar que fue un buen líder fallo en el área de los sentimientos, confundió una hermosa amistad con una posible relación y lo peor de todo es que no acepto el NO como parte de una probabilidad y decidió erradamente alejarse de todo y hasta de Dios.

Yo me pregunto, ¿Qué culpa tiene Dios que nos ilusionemos?, ¿No recuerdas que cada uno de nosotros tenemos libre decisión?, Y es que a veces quisiéramos que Dios nos obligara a no enamorarnos de alguien, cuando los responsables de eso somos nosotros quienes nos ilusionamos rápidamente.

A veces pasa que oraste a Dios y sentiste que Él te respondió con un SI, pero ¿Será que realmente Dios te dijo SI, o será que pensaste que fue un SI porque sentías mucho amor y atracción por esa persona? La Biblia dice: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” Jeremías 17:9 (Reina-Valera 1960).

Es una lastima que Dios pague los platos rotos de nuestras ilusiones rotas, conozco cientos de casos de chicos y chicas que después de un NO, no regresaron más a la Iglesia. ¿Por qué?, ¿Qué culpa tiene Dios de todo esto?, ¿Por qué lo primero que pensamos es alejarnos de Dios?, ¿Acaso hay alguien más que pueda curar tu corazón aparte de Dios?
Dios cura los corazones

La peor decisión que puedes tomar cuando recibiste un NO como respuesta es alejarte del único que puede curar verdaderamente tu corazón.

A veces somos nosotros mismos con nuestras propias decisiones los que nos dejamos llevar por la ilusión del momento sin pensar en la consecuencia, entonces es como que nosotros mismos nos apuñaláramos el corazón: “¡Pero sus arcos y sus flechas quedarán hechos pedazos, y será su propia espada la que les parta el corazón!” Salmos 37:15 (Traducción en lenguaje actual).

A veces nos pasa como al salmista, entre más pensamos en la respuesta negativa que recibimos, más nos angustiamos: “¡el corazón me ardía en el pecho! Mientras más pensaba en esto, más frustrado me sentía;…” Salmos 39:3a (Traducción en lenguaje actual).

También cuando estás en ese periodo de dolor pareciera que te has quedado sin fuerzas porque tu corazón esta como cera derretida: “Me he quedado sin fuerzas, ¡estoy totalmente deshecho! ¡Mi corazón ha quedado como cera derretida!” Salmos 22:14 (Traducción en lenguaje actual).

Ahora bien, no es la voluntad de Dios que pases toda la vida quejándote por no haber entablado ese noviazgo, ni que pases llorando todo el tiempo, ni triste, ni solo. ¿Quién dice que el mundo se acabo para ti?, ¿Quién te dijo que es tu fin?

A veces al ver la negativa de esa persona que pensaste amar y que te amaba, sentimos como que NUNCA vamos a encontrar a alguien como ella o las chicas creen que nunca encontraran a un chico como ese que les dijo que NO.

La verdad es que la idea es no encontrar a otro que te diga NO, sino encontrar a alguien que te ame, te respete, te respalde y sienta lo mismo que tu sientes hacia esa persona, pero para ello primero tiene que sanar tu corazón, porque si no dejas que Dios te sane el corazón volverás a fracasar en tu siguiente intento.

Es necesario que reconozcas que Dios no tuvo la culpa de lo que te paso, que fuiste tú quien decidió actuar, que Dios nunca te va a obligar a hacer algo que no quieras hacer, es necesario que te arrepientas de corazón de todas aquellas palabras que dijiste hacia Dios o aquellos pensamientos que tuviste en su contra por lo mal que te fue, lo bueno de todo es que Dios siempre esta dispuesto a perdonarte, no importando lo mal que te portaste, lo feo que dijiste o lo pésimo que reaccionaste, Él siempre esta dispuesto a perdonarte:
“¡Arrepiéntanse y vuelvan a mí, pero háganlo de todo corazón, y no sólo de palabra! Yo soy tierno y bondadoso, y no me enojo fácilmente; yo los amo mucho y estoy dispuesto a perdonarlos”.

Joel 2:13 (Traducción en lenguaje actual)

Si hay alguien que te ama a pesar de TODO ese es Dios, y su voluntad no es que estés triste todo el tiempo, Él quiere verte sonreír pues Él tiene algo lindo preparado para ti, pero para ello necesitas acercarte nuevamente a Él.

Tu vida no se termina por un NO, Dios ha de poner en tu vida a alguien que realmente te va amar, esa persona con la que compartirás tu vida, esa persona con la que realmente vas a ser feliz, pero debes depositar tu corazón, tus emociones y sentimientos en las manos de Dios para que Él te guie, no hagas nada si no es Dios quien te guía, pues la voluntad de Dios es que nos rindamos completamente a Él, porque no hay mejor Arquitecto para nuestra vida que Dios.

Hoy quiero que sonrías nuevamente, porque Dios tiene un futuro hermoso para ti, sonríe porque sus planes para tu vida son perfectos y si esa persona te dijo que NO era lo mejor, porque es mejor recibir un NO como respuesta, que estar con una persona que no te amara a totalidad, sino solo por compromiso.

Si eres fiel a Dios buscándolo y manteniendo una relación personal genuina con Él, estoy seguro que en un tiempo perfecto Él te dará a esa persona que tanto has esperado, pero es necesario acercarnos al Señor y vivir cada segundo de nuestra vida para Él.

La Biblia dice:
“Lo más importante es que reconozcan a Dios como único rey, y que hagan lo que él les pide. Dios les dará a su tiempo todo lo que necesiten.”

Mateo 6:33 (Traducción en lenguaje actual)
¡Si buscas primero a Dios sobre todo, Él te dará exactamente lo que necesitas!

Autor: Enrique Monterroza
www.elnoviazgocristiano.com


lunes, 22 de julio de 2013

La Plenitud Del Espíritu Santo

En contraste con la obra del Espíritu Santo en la salvación tales como la regeneración, el morar, el sellamiento y el bautismo, la plenitud del Espíritu se relaciona a la experiencia cristiana, al poder y al servicio. Las obras del Espíritu en relación a la salvación son de una vez y para siempre, pero la plenitud del Espíritu es una experiencia repetida y se menciona frecuentemente en la Biblia.
En una escala limitada, se puede observar la plenitud del Espíritu en ciertos individuos antes de Pentecostés (Ex. 28:3; 31:3; 35:31; Lc. 1:15, 41, 67; 4:1). Sin lugar a dudas, hay muchos otros ejemplos donde el Espíritu de Dios vino sobre individuos y los capacitó en poder para el servicio. En el total, sin embargo, unos pocos fueron llenos del Espíritu antes del día de Pentecostés, y la obra del Espíritu parece estar relacionada al soberano propósito de Dios de cumplir alguna obra especial en los individuos. No hay indicación de que la plenitud del Espíritu hubiera estado abierta a cada uno que rindiera su vida al Señor antes de Pentecostés.
Comenzando con el día de Pentecostés, amaneció una nueva edad en la cual el Espíritu Santo obraría en cada creyente. Entonces todos fueron hechos morada del Espíritu y podrían ser llenados si El encontraba las condiciones propicias. Esta conclusión está confirmada por numerosas ilustraciones en el Nuevo Testamento (Hch. 2:4; 4:8,31; 6:3,5; 7:55; 9:17; 11:24; 13:9, 52; Ef. 5:18).
La plenitud del Espíritu puede definirse como un estado espiritual donde el Espíritu Santo está cumpliendo todo lo que El vino a hacer en el corazón y vida del creyente individual. No es un asunto de adquirir más del Espíritu, sino más bien que el Espíritu de Dios vaya tomando posesión del individuo. En lugar de ser una situación anormal y poco frecuente, como lo era antes de Pentecostés, el ser llenado por el Espíritu en la edad presente es normal, si bien no es lo usual, en la experiencia del cristiano. A cada cristiano se le ordena ser lleno del Espíritu (Ef. 5: 18), y el no estar llenos del Espíritu es estar en un estado de desobediencia parcial.
Hay una diferencia apreciable en el carácter y calidad en la vida diaria de los cristianos. Pocos pueden caracterizarse por estar llenos del Espíritu. Esta falta, sin embargo, no se debe a una falla de parte de Dios en su provisión, sino más bien es falla de la parte del individuo en apropiarse de esta provisión y permitir al Espíritu Santo llenar su vida. El estado de estar lleno del Espíritu debería de contrastarse con la madurez espiritual. Un cristiano nuevo quien haya sido salvo recientemente puede ser lleno con el Espíritu y manifestar el poder del Espíritu Santo en su vida. Sin embargo, la madurez viene sólo a través de experiencias espirituales, las cuales pueden extenderse toda una vida y abarcan un crecimiento en conocimiento, la continua experiencia de ser llenado con el Espíritu, y una madurez en juicio sobre cosas espirituales. Así como un niño recién nacido puede ser vehemente, de la misma manera un cristiano puede ser lleno con el Espíritu; pero, al igual que un recién nacido, sólo la vida y la experiencia pueden sacar a relucir las cualidades espirituales que pertenecen a la madurez. Este es el porqué de que numerosos pasajes de la Biblia hablen del crecimiento. El trigo crece hasta la cosecha (Mt. 13:30). Dios obra en su iglesia a través de hombres dotados con dones personales para perfeccionar a los santos para la obra del ministerio y para edificar el cuerpo de Cristo de manera que los cristianos puedan crecer en la fe y en estatura espiritual (Ef. 4: 11-16). Pedro habla de los bebés espirituales, que necesitan la leche espiritual para crecer (1 P. 2:2), y exhorta «crecer en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo» (2 P. 3:18).
Hay una relación obvia entre la plenitud del Espíritu y la madurez espiritual, y un cristiano lleno del Espíritu madurará más rápidamente que uno que no lo está. La plenitud del Espíritu y la madurez espiritual como resultado son los dos factores más importantes en la ejecución de la voluntad de Dios en la vida de un cristiano y también en el propósito de Dios de crearle para buenas obras (Ef. 2:10).
Por consiguiente, la plenitud del Espíritu se cumple en cada creyente cuando él está completamente rendido al Espíritu Santo, el cual mora en él, resultando en una condición espiritual en la cual el Espíritu Santo controla y dota de poder al individuo. Mientras que puede haber varios grados en la manifestación de la plenitud del Espíritu y grados en el poder divino, el pensamiento central en la plenitud es que el Espíritu de Dios es capaz de operar en y a través del individuo sin obstáculo, cumpliendo la voluntad perfecta de Dios para aquella persona.
El concepto de la plenitud del Espíritu es sacado a luz en un número de referencias en el Nuevo Testamento. Es ilustrado preeminentemente en Jesucristo, quien, de acuerdo a Lucas 4:1, era continuamente «lleno del Espíritu Santo». Juan el Bautista tuvo la experiencia excepcional de ser llenado con el Espíritu desde que estaba en la matriz de su madre (Lc. 1:15), y ambos, su madre Elizabet y su padre Zacarías, fueron temporalmente llenos del Espíritu (Lc. 1:41, 67). Estos ejemplos están aún dentro del molde del Antiguo Testamento, en el cual la plenitud del Espíritu era una obra soberana de Dios que no estaba al alcance de cada individuo.
Comenzando con el día de Pentecostés, sin embargo toda la multitud fue llena con el Espíritu. En la Iglesia primitiva el Espíritu de Dios llenaba repetidamente a aquellos que buscaban la voluntad de Dios, como en el caso de Pedro (Hch. 4:8), el grupo de cristianos quienes oraban por valor y el poder de Dios (Hch. 4:31), y Pablo después de su conversión (Hch. 9:17). Algunos se caracterizan por estar en un continuo estado de plenitud del Espíritu, como se ilustra en los primeros diáconos (Hch. 6:3) y Esteban el mártir (Hch. 7:55) y Bernabé (Hch. 11:24). Pablo fue lleno con el Espíritu repetidas veces (Hch. 13:9), y así lo fueron otros discípulos (Hch. 13:52). En cada caso solamente los cristianos rendidos a Dios fueron llenados con el Espíritu.
A los creyentes del Antiguo Testamento nunca se les ordenaba ser llenados con el Espíritu, aunque en algunas ocasiones fueron amonestados, como Zorobabel, que la obra del Señor se cumple, «no con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos» (Zac. 4:6). En la era presente a cada cristiano se le ordena ser llenado con el Espíritu, como en Efesios 5:18: «No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu.» El ser llenados con el Espíritu, así como el recibir la salvación por fe, no se cumple, sin embargo, por esfuerzo humano, más bien es por permitir a Dios que cumpla su obra en la vida del individuo. En la Escritura está claro que un cristiano puede ser genuinamente salvo sin ser llenado con el Espíritu, y, por lo tanto, la plenitud del Espíritu no es una parte de la salvación misma. La plenitud del Espíritu también puede ser contrastada con la obra hecha de una vez y para siempre que es cumplida en el creyente cuando éste es salvo. La plenitud del Espíritu, si bien puede ocurrir en el momento de la salvación, ocurre una y otra vez en la vida de un cristiano consagrado, y debería ser una experiencia normal de que los cristianos tuviesen esta constante plenitud del Espíritu.
El hecho de que la plenitud del Espíritu es una experiencia repetida, se hace notorio en el tiempo presente del mandamiento en Efesios 5:18: «sed llenos del Espíritu». Traducido literalmente es «manteneos siendo llenados por el Espíritu». En el texto se compara con un estado de intoxicación en el cual el vino afecta al cuerpo entero, incluyendo a la actividad mental y a la actividad física del cuerpo. La plenitud del Espíritu no es, por lo tanto, una experiencia que sucede una vez y para siempre. No está correcto llamarla una segunda obra de gracia, puesto que ocurre una y otra vez. Indudablemente, la experiencia de ser llenado con el Espíritu por primera vez es muy fuerte en la vida del cristiano y puede ser un hito que eleve la experiencia cristiana a un nuevo nivel. Sin embargo, el cristiano depende de Dios para la continua plenitud del Espíritu, y ningún cristiano puede vivir en el poder espiritual de ayer.
De la naturaleza de la plenitud del Espíritu puede concluirse que la amplia diferencia en la experiencia espiritual observada en cristianos y los varios grados de conformidad a la mente y voluntad de Dios pueden ser atribuidos a la presencia o ausencia de la plenitud del Espíritu. El que desea hacer la voluntad de Dios debe, por consiguiente, entrar por completo en el privilegio que Dios le ha dado al ser morada del Espíritu y tener la capacidad de rendir completamente su vida al Espíritu de Dios.


Condiciones Para La Plenitud Del Espíritu
Frecuentemente se han señalado tres sencillos mandamientos como la condición para ser llenados con el Espíritu. En 1 Tesalonicenses 5: 19 se da el mandamiento: «No apaguéis al Espíritu.» En Efesios 4:30 se instruye a los cristianos: «y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención.» Un tercero, como instrucción más positiva, se da en Gálatas 5:16: «Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne.» Aunque otros pasajes arrojan luz sobre estas básicas condiciones para ser llenados con el Espíritu, estos tres pasajes resumen la idea principal.
1. El mandamiento de «no apaguéis el Espíritu», en 1 Tesalonicenses 5: 19, aunque no se explique en su contexto, está usando en forma obvia La figura del fuego como un símbolo del Espíritu Santo. En la forma en que se hace mención de apagar el fuego en Mateo 12: 20 y Hebreos 11: 34 se ilustra lo que se quiere decir.
De acuerdo a Efesios 6:16, «el escudo de la fe» es capaz de «apagar los dardos de fuego del maligno». Por consiguiente, apagar el Espíritu es ahogar o reprimir al Espíritu y no permitirle que cumpla su obra en el creyente. Puede definirse simplemente como el decir «No», o de no tener la voluntad de dejar al Espíritu conducirse a su manera.
El pecado original de Satanás fue la rebelión contra Dios (Is. 14:14), y cuando un creyente dice «yo quiero» en lugar de decir como Cristo dijo en Getsemaní: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc. 22:42), entonces está apagando al Espíritu.
Para que pueda experimentar se la plenitud del Espíritu es necesario para un cristiano que rinda su vida al Señor. Cristo observó que un hombre no puede servir a dos señores (Mt. 6:24), y a los cristianos se les exhorta constantemente a que se rindan a sí mismos a Dios. Al hablar de la rendición a la voluntad de Dios en la vida de un cristiano, Pablo escribió en Romanos 6: 13: «Ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia.» Aquí se declara claramente la opción ante cada cristiano: él puede rendirse a sí mismo tanto a Dios como al pecado.
Un pasaje similar se encuentra en Romanos 12:1-2. Al presentar la obra de salvación y santificación en la vida del creyente, Pablo encarece a los romanos: «Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.» En ambos pasajes -Romanos 6:13 y 12:1- se usa la misma palabra griega. El tiempo del verbo está en aoristo, lo cual significa «rendirse a Dios de una vez y para siempre». De acuerdo a esto, la experiencia de ser llenado con el Espíritu sólo puede ser llevada a cabo cuando un cristiano toma el paso inicial de presentar su cuerpo en sacrificio vivo. El cristiano ha sido preparado para esto por medio de la salvación, lo cual hace al sacrificio santo y aceptable delante de Dios. Es razonable de parte de Dios esperar esto habiendo muerto Cristo por este individuo.
Al presentar su cuerpo, el cristiano debe enfrentar el hecho de que no debe de conformarse exteriormente al mundo, sino que interiormente debe de ser transformado por el Espíritu Santo con el resultado de que su mente sea renovada para reconocer los valores espirituales
El es capaz de distinguir lo que no es la voluntad de Dios, de lo que es la «buena, agradable y perfecta voluntad de Dios» (Ro. 12: 2).
La rendición no se hace en referencia a algún punto en particular, sino que más bien discierne la voluntad de Dios para la vida en cada asunto particular. Es, por lo tanto, una actitud de estar deseoso de hacer cualquier cosa que Dios quiera que el creyente haga. Es el hacer la voluntad final de Dios en su vida y estar dispuesto a hacer cualquier cosa cuando sea, donde sea y como Dios pueda dirigirla. El hecho de que la exhortación «no apaguéis el Espíritu» está en tiempo presente indica que ésta debería ser una experiencia continua iniciada por el acto de la rendición.
Un cristiano que desea estar continuamente rendido a Dios encuentra que esta rendición se relaciona con varios aspectos. Es, en primer lugar, una rendición a la Palabra de Dios en sus exhortaciones y su verdad. El Espíritu Santo es el supuesto Maestro, y a medida que va conociendo la verdad, un creyente debe rendirse a ésta a medida que la va comprendiendo. El rehusar someterse a la Palabra de Dios hace que la plenitud del Espíritu sea imposible.
La rendición también se relaciona con la guía. En muchos casos la Palabra de Dios no es explícita en cuanto a decisiones que un cristiano tiene que enfrentar. Aquí el creyente debe de ser guiado por los principios de la Palabra de Dios, y el Espíritu de Dios puede darle la guía sobre las bases de lo que la Escritura revela. De acuerdo a ello, la obediencia a la guía del Espíritu es necesaria para la plenitud del Espíritu (Ro. 8:14). En algunos casos el Espíritu puede ordenar a un cristiano que haga algo y en otras ocasiones puede prohibirle que siga el curso de una acción. Una ilustración es la experiencia de Pablo, quien fue impedido de predicar el evangelio en Asia y Bitinia en las primeras etapas de su ministerio y más tarde se le instruyó que fuera a estas mismas áreas a predicar (Hch. 16:6-7; 19:10). La plenitud del Espíritu incluye el seguir la guía del Señor.
Un cristiano también debe de estar rendido a los hechos providenciales de Dios, los cuales a menudo acarrean situaciones o experiencias que no son deseadas por el individuo. De acuerdo a ello, un creyente debe de entender lo que es ser sumiso a la voluntad de Dios aun cuando ello implique el sufrimiento y sendas que en sí mismas no son placenteras.
La suprema ilustración de lo que significa ser llenado con el Espíritu y rendido a Dios es el Señor Jesucristo mismo. En Filipenses 2:5-11 se revela que Jesús, al venir a la tierra y morir por los pecados del mundo, estaba deseando ser lo que Dios había escogido, deseando ir donde Dios había es- cogido y deseando hacer lo que Dios había escogido.
Un creyente que desea ser llenado con el Espíritu debe tener una actitud similar en cuanto a rendición y obediencia.
2. En conexión con la plenitud del Espíritu, se le exhorta también a «no contristar al Espíritu» (Ef. 4:30). Aquí se presume que el pecado ha entrado en la vida de un cristiano y como un hecho de su experiencia ha sobrevenido la falta de rendición. Para poder entrar en un estado en el que pueda ser llenado con el Espíritu, o para volver a tal estado, se le exhorta a que no continúe en su pecado, el cual contrista al Espíritu Santo. Cuando en el creyente el Espíritu de Dios es contristado, la comunión, guía, instrucción y poder del Espíritu son estorbados; el Espíritu Santo, aunque está morando, no está libre para cumplir su obra en la vida del creyente.
La experiencia de la plenitud del Espíritu puede ser afectada por las condiciones físicas. Un cristiano que físicamente está cansado, hambriento o enfermo puede no experimentar el gozo normal y la paz, los cuales son frutos del Espíritu. El mismo apóstol que exhorta a ser llenados con el Espíritu confiesa en 2 Corintios 1: 8-9 que ellos estuvieron «abrumados sobremanera más allá de nuestras fuerzas, de tal modo que aun perdimos la esperanza de conservar la vida». De acuerdo a ello, aun un cristiano lleno con el Espíritu puede experimentar algún trastorno interior. Sin embargo, cuanto más grande sea la necesidad en las circunstancias del creyente, mayor es la necesidad de la plenitud del Espíritu y la rendición a la voluntad de Dios para que el poder del Espíritu pueda ser manifestado en la vida individual. Cuando un cristiano toma conciencia del hecho de que ha contristado al Espíritu Santo, el remedio está en cesar de contristar al Espíritu, como se expresa en Efesios 4:30 traducido literalmente. Esto puede cumplirse obedeciendo 1 Juan 1:9, donde se instruye al hijo de Dios: «Si confesamos nuestros pecados, El es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.» Este pasaje se refiere a un hijo de Dios que ha pecado contra su Padre Celestial. La vía de restauración está abierta porque la muerte de Cristo es suficiente, para todos sus pecados (1 Juan 2:1-2).
Así, la manera de volver a la comunión con Dios para un, creyente es confesar sus pecados a Dios, reconociendo nuevamente las bases para el perdón en la muerte de Cristo y deseando la restauración a una comunión íntima con Dios el Padre, así como también con el Espíritu Santo. No es un es un asunto de justicia en una corte legal, sino más bien una relación." restaurada entre padre e hijo que se había descarriado. El pasaje asegura que Dios es fiel y justo para perdonar el pecado y quitarlo como una barrera que se interpone en la comunión cuando un cristiano confiesa sinceramente su iniquidad a Dios. Mientras que en algunas situaciones la confesión del pecado puede requerir que se vaya a los individuos que han sido ofendidos y corregir las dificultades, la idea principal es establecer una nueva relación íntima con Dios mismo. Confesando sus pecados, el cristiano debe de estar seguro de que del lado divino el perdón es inmediato. Cristo, como el intercesor del creyente y como el que murió en la cruz, ha hecho ya todos los ajustes necesarios del lado celestial. La restauración a la comunión está sujeta, por lo tanto, sólo a la actitud humana de confesión y rendición. La Biblia también advierte al creyente contra los serios resultados de estar contristando continuamente al Espíritu. Esto, a veces, resulta en el castigo de Dios para con el creyente con el propósito de restaurarle, como se menciona en Hebreos 12:5-6. Al cristiano se le advierte que, si él no se juzga a sí mismo, Dios necesitará intervenir con la disciplina divina (1 Co. 11:31-32). En cualquier caso, hay una pérdida inmediata cuando un cristiano está caminando fuera de la comunión con Dios, y existe el constante peligro del juicio severo de Dios como un padre fiel que trata con su, hijo errado.
3. El andar en el Espíritu es un mandamiento positivo, en contraste a los mandamientos previos, los cuales son negativos. Caminar en el Espíritu (Gá. 5:16) es un mandamiento para apropiarse del poder y la bendición que es provista por el Espíritu que mora en el creyente. El andar en el Espíritu es un mandamiento en el tiempo presente, esto es, un cristiano debe de mantenerse andando por medio del Espíritu.
El nivel cristiano de la vida espiritual es alto, y él no es capaz de cumplir la voluntad de Dios aparte del poder de Dios. De acuerdo a ello, la provisión del Espíritu que mora hace posible para el cristiano el estar andando por medio del poder y la guía del Espíritu que vive en él.
El andar en el Espíritu es un acto de fe. Está dependiendo del Espíritu el hacer lo que sólo el Espíritu puede hacer. Las altas normas de la era presente -donde se nos ordena amar como Cristo ama (Jn. 13:34; 15:12) y donde se ordena que cada pensamiento sea traído a la obediencia en Cristo (2 Co. 10: 5)- son imposibles aparte del poder del Espíritu. De igual manera, las otras manifestaciones de vida espiritual -tales como el fruto del Espíritu (Gá. 5:22-23) y tales mandamientos como «estad siempre gozosos. Orad sin cesar» (1 Ts. 5: 16-17) y «dad gracias en todo, porque ésta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús» (1 Ts. 5:18)- son imposibles a menos que uno esté andando en el Espíritu.
Obtener una norma alta de vida espiritual es de lo más difícil porque el cristiano está viviendo en un mundo pecador y está bajo constante influencia maligna (Jn. 17:15; Ro. 12:2; 2 Co. 6:14; Gá. 6:14; 1 Jn. 2:15). De igual manera, el cristiano tiene oposición por el poder de Satanás y está comprometido en una lucha incesante con este enemigo de Dios (2 Co. 4:4; 11:14; Ef. 6:12).
Además del conflicto con el sistema mundial y con Satanás, el cristiano tiene un enemigo de dentro, su antigua naturaleza, la cual desea conducirle de vuelta a la vida de obediencia a la carne pecaminosa (Ro. 5:21; 6:6; 1 Co. 5:5; 2 Co. 7:1; 10:2-3; Gá. 5:16-24; 6:8; Ef. 2:3). Por estar la antigua naturaleza constantemente en guerra con la nueva naturaleza en el cristiano, sólo la continua dependencia en el Espíritu de Dios puede traer victoria. Así es que, aunque algunos han llegado a la conclusión errónea de que un cristiano puede alcanzar una perfección sin pecado, existe la necesidad de caminar constantemente en el Espíritu para que este poder pueda llevar a cabo la voluntad de Dios en la vida de un creyente. Al creyente le espera la perfección final del cuerpo y el espíritu en el cielo, pero la lucha espiritual continúa sin disminuir hasta la muerte o el traslado espiritual.
Todas estas verdades enfatizan la importancia de apropiarse del Espíritu andando en su poder y guía y dejando que el Espíritu tenga control y dirección de una vida cristiana.


Los Resultados De La Plenitud Del Espíritu
Cuando uno está rendido a Dios y lleno con el Espíritu vienen imprevisibles resultados.
1. Un cristiano que camina en el poder del Espíritu experimenta una santificación progresiva, una santidad de vida en la cual el fruto del Espíritu (Gá. 5:22-23) está cumplido. Esta es la suprema manifestación del poder del Espíritu y es la preparación terrenal para el tiempo cuando el creyente,-en los cielos- será completamente transformado a la imagen de Cristo.
2. Uno de los importantes ministerios del Espíritu es el de enseñar al creyente las verdades espirituales. Sólo mediante la guía e iluminación del Espíritu un creyente puede comprender la infinita verdad de la Palabra de Dios. Así como el Espíritu de Dios es necesario para revelar la verdad concerniente a la salvación (Jn. 16:7-11) antes de que una persona pueda ser salva, así el Espíritu de Dios guía también al cristiano a toda verdad (Jn. 16:12-14).
Las cosas profundas de Dios, verdades que sólo pueden ser comprendidas por un hombre enseñado por el Espíritu, son reveladas a uno que está andando por el Espíritu (1 Co. 2:9 - 3:2).
3. El Espíritu Santo es capaz de guiar a un cristiano y aplicar las verdades generales de la Palabra de Dios a la situación particular del cristiano. Esto es lo que se expresa en Romanos 12: 2, demostrando «cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta». Como el siervo de Abraham, un cristiano puede experimentar la declaración «guiándome Jehová en el camino» (Gn. 24:27). Una guía tal es la experiencia normal de los cristianos que están en una relación correcta con el Espíritu de Dios (Ro. 8:14; Gá. 5:18).
4. La seguridad de la salvación es otro resultado importante de la comunión con el Espíritu. De acuerdo a Romanos 8:16, «el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios» (cf. Gá. 4:6; 1 Jn. 3:24; 4:13). Es normal para un cristiano el tener la seguridad de su salvación, como lo 'es para un individuo el saber que está físicamente vivo.
5. Toda la adoración y el amor de Dios son posibles solamente cuando uno está andando por el Espíritu. En el contexto de la exhortación de Efesios 5: 18 los versículos siguientes describen la vida normal de adoración y comunión con Dios. Una persona fuera de la comunión no puede adorar verdaderamente a Dios aun cuando asista a los servicios de la iglesia en bellas catedrales y cumpla con el ritual de la adoración. La adoración es un asunto del corazón, y como Cristo le dijo a la mujer samaritana: «Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren» (Jn. 4:24).
6. Uno de los aspectos más importantes de la vida de un creyente es su oración de comunión con el Señor. Aquí nuevamente el Espíritu de Dios debe guiar y dirigir si la oración ha de ser inteligente. Aquí también debe de comprenderse la Palabra de Dios si la oración ha de ser de acuerdo a la Palabra de Dios: La verdadera alabanza y acción de gracias son imposibles aparte de la capacitación del Espíritu. Además de la oración del creyente mismo, Romanos 8:26 revela que el Espíritu intercede por el creyente. De acuerdo a ello, una vida de oración efectiva depende del andar en el Espíritu.
7. Además de todas las cualidades ya mencionadas, toda la vida de servicio de un creyente y el ejercicio de sus dones naturales y espirituales están dependiendo del poder del Espíritu. Cristo se refirió a esto en Juan 7:38-39, donde Él describió la obra del Espíritu como un río de agua viva fluyendo del corazón del hombre. De acuerdo a esto, un cristiano puede tener grandes dones espirituales y no usarlos por no estar andando en el poder del Espíritu. En contraste, otros con relativamente pocos dones espirituales pueden ser usados grandemente por Dios porque están andando en el poder del Espíritu. La enseñanza de la Escritura sobre la plenitud del Espíritu es, por lo tanto, una de las líneas de verdad más importantes que un cristiano debe comprender, aplicar y apropiarse de ella.

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Espera el tiempo perfecto de Dios

No nos cansemos, pues, de hacer el bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos. (Gálatas 6:9)

“A su tiempo” significa el tiempo de Dios, no el nuestro. Muchas veces estamos apurados, Dios no. Él utiliza el tiempo para hacer las cosas bien, coloca cimientos sólidos antes de construir el edificio.

Nosotros somos el edificio de Dios en construcción. Él es el constructor, y Él sabe lo que está haciendo. Quizá nosotros no sepamos lo que está haciendo, pero Él sí lo sabe y eso debe bastarnos; aunque no entendamos, podemos estar satisfechos porque conocemos a la Persona que sabe.

El tiempo de Dios parece ser Su propio secreto. La Palabra promete que nunca tardará, pero yo he descubierto que normalmente tampoco es temprano, parece que toma cada oportunidad para desarrollar el fruto de paciencia en cada uno.

“Paciencia, que crece solamente en las pruebas…” (Santiago 1:3) La paciencia es un fruto del espíritu que crece en las tribulaciones.

Nuestro temperamento natural está lleno de impaciencia. Yo he llegado a ser más paciente a través de los años, pero todo el tiempo de espera que ha sido necesario para enseñarme la paciencia, ha sido difícil para mí y creo que de igual manera para ti. ¡Yo quería todo inmediatamente!

Pero al final encontré que tenemos dos opciones: Podemos caer encima de la Roca (Jesús) y ser quebrantados, o la Roca puede caer encima de nosotros  y quebrarnos(Mateo 21:44).

En pocas palabras, podemos cooperar con el Espíritu Santo, sin resistirnos a la obra que Dios hará en nosotros, o podemos rehusar cooperar voluntariamente. De esta manera, en el momento preciso, Dios tendrá que tratarnos en forma más severa de lo que habría deseado.

Muchas veces las cosas resultarán para nuestro bien, pero siempre es mejor entregar algo voluntariamente, y no sufrir una pérdida forzada.

Yo tuve que someter mi voluntad a la voluntad de Dios, tuve que entregarme en sus brazos y confiar totalmente en Su tiempo, suena fácil, pero no lo es.

Nuestro temperamento puede ser controlado por el Espíritu Santo. El fruto del  espíritu está en nosotros, y está creciendo con todo lo demás, a la medida que se desarrolla en sí nuestro potencial, se desarrollan juntos. Hay varias cosas que deben llegar a la meta en el momento mismo para ganar la carrera.

A veces desarrollamos nuestro potencial sin el carácter que Dios desea, y si no desarrollamos carácter, no glorificamos a Dios.

Podemos ser un gran éxito, que la gente nos admire, pero si somos duros con otras personas eso no agrada tampoco a Dios; por ende si nos adelantamos en el proceso, Dios suavemente pero firmemente bloqueará nuestro progreso,  aunque no sea lo que Él quiere para nuestras vidas.

No llegamos a apreciar esto cuando sucede, pero después nos damos cuenta de que nos habríamos metido en un tremendo lío, si hubiésemos hecho las cosas según nuestra programación y no la de Dios.

La paciencia es vital para desarrollar nuestro potencial, realmente, nuestro potencial se logra en la medida que se desarrolla la paciencia. Es la forma de Dios, no hay otra manera. ¡Más vale calmarse y disfrutar del viaje! Si no desarrollamos en nosotros potencial, no será desarrollado, porque nadie más está interesado en hacerlo por nosotros.

Encuentra lo que quieres hacer, y entrénate para eso con la ayuda de Dios.

Busca desarrollar lo que a ti te gusta. Si puedes componer canciones, desarrolla tu talento, arregla tu vida para que puedas hacerlo. Si puedes dirigir un servicio en la iglesia, practica, aprende las canciones y canta con todo tu corazón y vida, pero ¡Créelo! Comienza a dirigir la adoración, ¡Aunque sea con tu gato, o con tus hijos! Si sabes que tienes talento para los negocios, una capacidad para ganar dinero, entonces estudia, ora, asiste a la universidad, y da el paso de Fe.

Lo que sea tu talento, tu don, y tu llamado, entrégalo al Señor y empieza a realizar tu potencial, creyéndole a Tu Padre.

Debemos avanzar de alguna forma cada día, debemos dar un paso de fe adelante, dejando lo que está atrás, eso incluye errores y victorias. Aferrarse a las victorias del pasado también pueden impedir que lleguemos a ser todo lo que Dios quiere que seamos en el futuro.

Toma una decisión ahora mismo, nunca estarás satisfecho con ser menos de lo que puedes ser.

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Conociendo a Dios en Espíritu



La Iglesia de Efeso y algunas iglesias actuales "conocen" a Dios , pero solamente en forma intelectual y en forma emotiva.
Pablo les dice que el orará por ellos para que reciban el espíritu de Dios el cual les dará sabiduría y verdadero conocimiento de Dios
Este estudio que pondré a continuación fue publicado por el apóstol Nee to Sheng en China y en el trata esta problemática de las diferentes maneras de conocer a Dios .
Cuando comenzamos a conocer a Dios, Su obra y Su plan eterno, el cual se había propuesto desde la eternidad, empezamos a descubrir que la luz que encontramos en el libro de Efesios, es abundante y especial.

Debemos entender ante el Señor, que en este libro Dios motivó a Pablo a hacer dos oraciones.
Una se encuentra en el primer capítulo, y la otra en el tercero.
La oración del capítulo uno es básica, mientras que la del capítulo tres está relacionada con la edificación.
En el capítulo uno Pablo oró para que recibiéramos luz acerca de nuestra relación con el Señor. Pero en el capítulo tres no sólo pidió esto, sino que también oró para que pudiéramos ver nuestra relación con la iglesia.
Hablemos de la oración de Pablo en el capítulo uno
En el versículo 17 Pablo oró: “Para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el pleno conocimiento de El”.

¿Por qué pidió Pablo a Dios que los santos tuvieran espíritu de sabiduría y revelación? Para que recibieran lo siguiente:

1) “...el pleno conocimiento de El” (v. 17). Esto significa conocer a Dios mismo.
2) “...cuál es la esperanza a que El os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de Su herencia en los santos” (v. 18).
Esto se refiere al plan eterno de Dios y a su realización.
El llamado de Dios consiste en que seamos Sus hijos, Su heredad. Este llamado fue hecho desde antes de la fundación del mundo. En la eternidad futura, El tendrá una heredad en los santos, una herencia llena de las riquezas de Su gloria.
En la eternidad Dios tomó una decisión, y en el futuro, obtendrá el resultado.
Estos dos asuntos tienen su consumación en Su plan eterno y Su meta. Lo que Pablo estaba tratando de hacer era darnos a conocer el plan eterno de Dios.
3) “Y cuál la supereminente grandeza de Su poder para con nosotros los que creemos” (v. 19).
Este es el poder que Dios utiliza para lograr Su meta y llevar a cabo Su plan; y tiene que ver particularmente con la relación que El tiene con el hombre en Su plan eterno.
Debemos conocer estos asuntos, y recibir la revelación acerca de ellos delante del Señor.

EL PLENO CONOCIMIENTO DE EL

Pablo oró a Dios para que nos diera espíritu de sabiduría y de revelación, a fin de que conociéramos estos tres asuntos.
El primero es “el pleno conocimiento de El”. Qué maravilloso es que podamos conocerlo plenamente.
Cuando Pablo estuvo en Atenas, pasó junto a un altar que tenía la siguiente inscripción: “AL DIOS NO CONOCIDO” (Hch. 17:23). En la mente de los atenienses era imposible conocer a Dios.
Ellos no podían conocer a Dios por medio su intelecto o sus filosofías; lo único que podían hacer era formular hipótesis y especulaciones acerca de Dios. Sin embargo, seguían sin conocer a Dios. Es similar al presente, cuando el hombre reconoce que Dios existe pero no lo conoce.
Antes de que el Señor Jesús muriera, dijo: “Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a quien has enviado, Jesucristo” (Jn. 17:3).

El nos mostró lo que es la vida eterna; ésta es simplemente el conocimiento de Dios.
Los santos de Efeso ya conocían a Dios; no podemos decir que no sabían nada acerca de El. Podemos asegurar que lo conocían, pues tenían vida eterna. Sin embargo, Pablo pidió en la primera oración que Dios les diera “espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de El”.
Mientras que los atenienses no conocían a Dios en absoluto, esta oración revela que alguien que ha recibido la vida eterna y que tiene un conocimiento inicial de Dios, puede no conocerlo debidamente.
Después de creer en el Señor, o unos años más adelante, no podemos decir que no conozcamos nada acerca de El.

No obstante, con frecuencia dependemos mucho de nuestro intelecto o nuestros sentimientos como apoyo en nuestro camino.
Conocemos un poco a Dios, pero dependemos mucho de nuestros pensamientos e ideas, pues nos parece que nuestro conocimiento de Dios no es tan seguro, y que nuestros razonamientos no son dignos de confianza.
Por lo tanto, muchas veces requerimos la ayuda de nuestra mente para mantenernos en la senda cristiana. Tal parece que cuando experimentamos un punto muerto en nuestros razonamientos o doctrinas, no podemos seguir adelante.

En otras ocasiones necesitamos sentir ánimo, gozo o euforia. Requerimos de esta clase de sentimientos además del conocimiento que tenemos de Dios para poder seguir adelante.
Pero un día Dios nos da un espíritu de sabiduría y de revelación. El nos revela Su persona de una manera nueva, especial y segura; de tal forma que no sólo decimos que lo conocemos, sino que también podemos declarar: “Ahora sé y he visto claramente. Ya no necesito apoyarme ni en la mente ni en los sentimientos. Ahora tengo el pleno conocimiento de Dios”.

Tal vez algunos no entiendan de qué estoy hablando. Así que, les daré algunos ejemplos. En cierta ocasión alguien dijo: “He sido creyente por veintidós años. Durante los dos primeros, traté con todas mis fuerzas de creer. Si en ese tiempo me hubieran preguntado si era salvo, sin vacilar habría dicho que sí. Yo sabía que era salvo y que tenía vida eterna. No obstante, había un problema. Cuando me preguntaban si creía en Dios me era muy difícil responderles que sí. Era como si estuviera rechazando mi fe como un incrédulo, en vez de asirme de ella. Creer en el Señor era algo agotador.
¿No creía realmente en Dios? ¡Claro que sí! ¿Pero en verdad le conocía? No, no le conocía. Necesitaba muchos argumentos y doctrina para apoyar mi fe. Sólo estaba en paz cuando hallaba suficientes razones para justificarme y cuando recordaba las doctrinas correctas. Sólo entonces podía hablarles a otros acerca de mi fe.

Necesitaba el respaldo de mi intelecto para ser creyente. Pero hoy puedo testificar que eso quedó atrás. Ahora puedo afirmar que conozco a Dios. No necesito razones que sostengan mi fe ni evidencias externas para defenderla.

Hermanos, esto es lo que sucede cuando verdaderamente conocemos a Dios. Este conocimiento viene por revelación. No depende de qué tan claramente entendamos la doctrina, sino de un conocimiento interior, el cual es distinto al que tuvimos cuando recién creímos, el cual teníamos que manipular con mucho cuidado, como si fuera un vaso de agua que no queríamos derramar. Para muchos creer en el Señor Jesús es como sostener un vaso rebosante de agua, que temen derramar. Temen oír diferentes cosas. Pero un buen día Dios les concede revelación, y llegan a conocerlo. Empiezan a recibir el pleno conocimiento de El, y en verdad lo ven. Entonces los problemas se desvanecen. Hermanos, si verdaderamente conocen a Dios, toda la fe del mundo no les ayudará, ni les estorbará toda la incredulidad del mundo. Aun si los razonamientos de otros parecen tener bases, y demuestran convincentemente que la Biblia es falsa, y aun si existieran más razones para dudar que para creer; nada de eso nos sacudiría.

Podrían declarar con atrevimiento: “Yo conozco interiormente; mi conocimiento es más profundo que mi intelecto y que mis sentimientos. Nada externo puede sacudir el conocimiento que tengo en mi interior”.
Este es un asunto crucial. Muchos cristianos viven de acuerdo con sus sentimientos. Si se sienten felices y están llenos de gozo, dicen que Dios les ha dado gracia. Pero si se sienten fríos e indiferentes y pierden el gusto por todo, casi pueden llegar a decir: “¿Dónde está Dios?
¡Es difícil conocerle! Muchos se sostienen sólo por sus sentimientos. Una vez que sus sentimientos se alejan, flaquean y son sacudidos. Esto se debe a que no tienen el pleno conocimiento de Dios,
y Dios tiene que llevarlos al nivel en que no importa si se sienten fríos o fervientes, indiferentes o entusiasmados, pues conocen a Dios.

Nuestro conocimiento es más profundo que nuestro gozo, nuestras penas, o cualquier otro sentimiento. Aunque exteriormente podamos tener gozo, dolor u otro sentimiento, nada de esto nos moverá. Sólo creyentes que tengan este conocimiento permanecen y no son sacudidos.
Dios sólo utiliza a tales creyentes.
Había un hermano a quien poco después de creer en el Señor alguien le dijo que la Biblia tenía errores.
Se preocupó tanto que estaba a punto de llorar. El creía que la Biblia estaba correcta y que era imposible que tuviera errores. Sin embargo, como le mostraron algunos presuntos errores, se confundió mucho. Estaba muy preocupado pensando en lo que pasaría si la Palabra de Dios verdaderamente tuviera dichos errores.

Le refirió estas cosas a una hermana mayor que él. Pensó que ella también se preocuparía al escuchar acerca de los aquellos errores de la Biblia, ya que ella amaba mucho al Señor y a Su palabra.
Pero para su sorpresa, después de que le comentó el asunto, la hermana actuó como si nada hubiera sucedido. Lo único que dijo fue: “No importa”. El hermano pensó: “Si a usted no le importa, a mí sí”. El la presionó para que le diera una respuesta, y finalmente ella le dijo que el conocimiento que uno pueda tener de Dios, no depende de que tales preguntas sean contestadas.
El pensó: “Tal vez una persona mayor como usted no necesite hacerse estas preguntas, pero yo soy joven y tengo una mente activa. Yo no puedo descartar el asunto tan fácilmente”.

Así que aquel hermano dedicó un año a estudiar la Biblia e investigar tales controversias. Con el tiempo encontró evidencias que le demostraron que no había errores en la Biblia.
Sintió que le habían quitado un gran peso de su corazón. Este hermano llegó a conocer verdaderamente a Dios, pero no había necesidad de que hubiese perdido tanto tiempo preocupándose.

Hermanos, si conocen plenamente a Dios, aunque surjan preguntas como ésas, no tendrán ningún peso en sus corazones ni nada les perturbará. Otros pueden presentar sus argumentos, pero los creyentes pueden comprobar una sola cosa:
que Dios es Dios. Nosotros conocemos a nuestro Dios y sabemos que El es verdadero. Una vez que lo conocemos; “lo conocemos”. Si lo conocemos en plenitud, todo problema desaparece. No importarán los razonamientos ni las doctrinas, por más claras que parezcan; sólo importará la revelación, la cual sí es indispensable. Debemos pedirle a Dios que nos dé un espíritu de revelación, para recibir el pleno conocimiento de El. Tal conocimiento es fundamental y necesario para todo creyente.

EL LLAMAMIENTO DE DIOS
Y SU HEREDAD

Dios no sólo quiere que lo conozcamos a El, sino también a Su llamamiento. El quiere que sepamos lo que es nuestro llamamiento y nuestra herencia en los santos. En otras palabras, no sólo quiere que conozcamos Su persona, sino también lo que está llevando a cabo de eternidad a eternidad. El desea que conozcamos Su plan eterno y Su propósito.
Efesios nos habla de asuntos que abarcan toda la eternidad. Nos muestra el plan eterno de Dios. Pablo habla del llamamiento de Dios, Su herencia en los santos, y Su poder para con nosotros los que creemos. Nos dice que cuando un creyente verdaderamente entiende el plan eterno de Dios, y cuando ve lo que Dios está llevando a cabo de eternidad a eternidad, llega a comprender que el plan eterno de Dios tiene que ver con todo aquel que es llamado, con la herencia que Dios tiene en los santos, y con el poder que El manifiesta en ellos.

Esto nos muestra que el plan eterno de Dios no es abstracto ni trivial ni podemos prescindir de él ni desecharlo. Hermanos, el plan eterno de Dios tiene una estrecha relación con cada uno de nosotros. Cuando hablamos de este plan no hablamos de algo misterioso e incomprensible, pues este plan está relacionado con nuestro llamado, con la herencia de Dios, y con Su poder y Su operación en nosotros.
Primero hablemos del llamamiento de Dios y Su heredad, y luego de Su poder, el cual se manifiesta hacia nosotros.

En primer lugar, veamos el llamamiento de Dios. El versículo 18 dice: “Para que, alumbrados los ojos de vuestro corazón, sepáis cuál es la esperanza a que El os ha llamado”. No sé cuántos creyentes estén enterados de que fueron llamados a una esperanza. Muchos sólo tienen la esperanza de ir al cielo. Damos gracias al Señor porque existe un cielo; pero el cielo no es la meta a la cual Dios nos ha llamado ni es la esperanza de Su llamamiento. ¿De qué se trata entonces este llamamiento? el versículo 4 dice: “Según nos escogió en El antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de El en amor”.

Este es el llamamiento de Dios, que seamos como El. Por un lado, El desea que seamos santos, y por otro, que seamos irreprensibles y sin mancha. ¡Qué gran llamamiento! Si ustedes nunca se han sentido débiles, y nunca han reconocido que tienen errores, no comprenderán lo especial de este llamamiento.
Pero si están conscientes, aunque sea un poco, de cuán débiles e inútiles son y de cuán errados han estado, comprenderán lo valioso que es este llamado.
Entonces dirán: “Gracias Señor, Tú me has llamado para ser santo y sin mancha; irreprensible y perfecto como Tú”.

Damos gracias al Señor porque un día alcanzaremos la meta por la cual nos escogió.
No importa cuán débiles e inútiles seamos ahora, ni cuántos defectos tengamos, pues gracias a El, un día, nos conducirá al nivel en que nos podremos presentar ante El, santos y sin mancha, como El.
Esto es lo que Dios escogió para nosotros, y para esto nos llamó. Ya que El planeó esto, sin duda lo cumplirá. Ya sabemos la esperanza que tenemos delante de Dios. Tenemos una esperanza, y esta esperanza es llegar a ser como Dios. Pues para esto nos escogió y nos llamó.
En segundo lugar, veamos lo que es la herencia en los santos. El versículo 18 dice: “Para que, alumbrados los ojos de vuestro corazón, sepáis ... cuáles las riquezas de la gloria de Su herencia en los santos”.

¿Qué es la herencia de Dios en los santos? Los santos son la herencia de Dios; ellos son Su posesión. Este versículo no dice que Dios dio a los santos una herencia, sino que los santos mismos son Su herencia. Pablo dice que Dios tiene una herencia en los santos, la cual es gloriosa. Y no sólo es gloriosa, sino que aun en ella se encuentran las riquezas de la gloria.
En Efesios 1:5 y 11 se utiliza la palabra predestinación. El versículo 5 dice: “Predestinándonos para filiación por medio de Jesucristo para Sí mismo, según el beneplácito de Su voluntad”. Fuimos predestinados para filiación.

Y el versículo 11 dice: “En El asimismo fuimos designados como herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el consejo de Su voluntad”. Fuimos predestinados para ser Su herencia. Vemos una pequeña diferencia entre los versículos 5 y 11, aunque están relacionados.
Dios tiene un plan eterno que se extiende de la eternidad a la eternidad. Su plan consiste en obtener muchos hijos. Muchos no comprenden la grandeza de la filiación. Pero nosotros debemos entender que la meta de Dios es tener muchos hijos.

Su plan se relaciona con “tener hijos”. En Gálatas 4:6 dice: “Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de Su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!”
Esto nos muestra que Dios puso el Espíritu de Su Hijo en nosotros para hacernos Sus hijos.
En Hebreos 2:10 leemos: “Porque convenía a Aquel para quien y por quien son todas las cosas, que al llevar muchos hijos a la gloria...” Vemos que Dios llevará muchos hijos a la gloria. Su propósito es obtener muchos hijos y llama a esos hijos Su herencia.
En Efesios 1 Dios nos muestra, por un lado, que El nos predestinó para que seamos Sus hijos (v. 5), y por otro, que nos predestinó para que seamos Su herencia (v. 11).
¿Qué significa ser la herencia de Dios? La herencia de Dios es algo que pertenece a El. Dios nos predestinó para que seamos Sus hijos y para que seamos Su herencia.

Todos nosotros le pertenecemos a El. Pablo oró pidiendo que los ojos de nuestro corazón fueran iluminados, para que viéramos las riquezas de la gloria de Su herencia en los santos. ¿Qué es la gloria? Esta gloria consiste en llegar a ser lo que Dios es y en glorificarlo. Este es el deseo de Dios. El nos escogido para que seamos Su pueblo, Su herencia y Sus hijos. Que el Señor abra nuestros ojos para que veamos cuán glorioso es esto.
No sólo debemos conocerlo a El; también debemos conocer Su obra, Su plan y Su meta. Para tener este conocimiento, necesitamos una visión.
De no ser así, nuestra vista será muy pobre, limitada y temporal.
En cuanto a las obras espirituales, a menudo nos hallamos ocupados con los pequeños proyectos que están en nuestras manos.

Nos alegramos cuando vemos resultados de nuestras obras, y tristes cuando no los vemos. Nuestra visión se limita a una pequeña esfera, y no vemos las cosas grandes e importantes.
Lo que vemos es insignificante. Somos semejantes a un niño pequeño con un billete de diez dólares; está asombrado con él, pues es todo lo que posee. Muchas veces nuestra visión es tan pequeña que no vemos lo que es eterno. Debemos entender que la visión de Dios se extiende de eternidad a eternidad. El desea abrir nuestros ojos y librarnos de nuestra estrechez. El hombre es muy limitado. Nosotros somos tan estrechos como las obras de nuestras manos. Dios quiere librarnos de esta esfera tan estrecha.

Quiere mostrarnos la esperanza de nuestro llamamiento y las riquezas de la gloria de Su herencia en los santos. El asunto no se circunscribe a la necesidad del hombre, sino que se relaciona con la necesidad de Dios. ¿Por qué tenemos que predicar el evangelio? No lo hacemos sólo porque el hombre tenga una necesidad, sino porque Dios tiene una necesidad aun mayor. No piense que el evangelio de la gracia y el evangelio del reino son diferentes. Son un mismo evangelio pero visto desde dos perspectivas diferentes. Del lado humano, lo vemos como el evangelio de la gracia; y del lado divino lo vemos como el evangelio del reino.

Dios intenta atraer a muchos a Sí mismo, y contar con ellos para el cumplimiento de Su propósito.
Esta es la razón por la que no debemos basar nuestro trabajo exclusivamente en el punto de vista humano, sino en la perspectiva de Dios.
Dios desea obtener un pueblo; desea ganar a los hombres para glorificarse a Sí mismo. Al predicar el evangelio y traer nuevos creyentes tenemos como fin satisfacer esta necesidad de Dios.
Por tanto, los hijos de Dios necesitan una visión de la eternidad. Dicha visión cambiará nuestra obra, nuestra perspectiva y nuestra vida cristiana. Una vez que la tengamos, no tendremos que permanecer en nuestra insignificante obra, ni en los puntos de vista y métodos del pasado; ni tendremos por qué estar preocupados todo el tiempo por nuestras insignificantes ganancias o pérdidas.

Algunos hermanos ya han escuchado antes del plan de Dios y Su propósito. Pero cuando vuelven a sus respectivas obras y predican el evangelio, dicen: “No sé cómo relacionar mi trabajo con el plan de Dios, pues cuando me involucro con mi trabajo y me dedico a él, pierdo de vista lo que había escuchado del plan de Dios y Su propósito.
El plan eterno de Dios y Su propósito se desvanecen por completo. Mientras escuchaba acerca de ellos, los veía muy claro. Pero pronto lo olvido todo”.
Tenemos que estar conscientes de que lo que oímos puede olvidarse fácilmente, mas no así lo que vemos.

Es fácil olvidar doctrinas, pero no es fácil olvidar una visión.
Por lo tanto, es crucial que veamos algo y que en realidad los ojos de nuestro corazón sean abiertos.
Si Dios abre los ojos de nuestro corazón y si en verdad hemos visto el llamamiento de Dios, Su herencia, Su plan y Su propósito, espontáneamente entenderemos que toda nuestra labor, sea pequeña o grande, debe estar relacionada con el plan de Dios.
Si nuestras actividades no están unidas al plan de Dios, no pueden contarse como Su obra.
Es necesario que Dios abra nuestros ojos y nos dé una visión, lo cual sería una gran liberación de nosotros mismos y de nuestro estrecho mundo.

Comprenderemos que mientras la obra eterna no sea terminada, será imposible tener reposo.
En tanto que el plan eterno de Dios no se cumpla, será imposible estar satisfechos. El cometido de nuestro corazón, la carga que pesa sobre nuestros hombros y las obras de nuestras manos, deben ocuparse exclusivamente en lo que Dios intenta llevar a cabo.
Aun la más pequeña acción debe estar encaminada hacia la edificación de la obra que se extiende de eternidad a eternidad. Que el Señor nos conceda gracia para permanecer en esta visión. Cuán fácil es que la perdamos de vista, y cuán fácil es que en nuestra obra perdamos la visión.
Dios no quiere necesariamente que realicemos grandes obras.
Eso sí, cualquier obra que hagamos, debemos hacerla dentro de esta gran esfera, unida a la gran meta, y debe ser parte de la gran obra.

No es fácil determinar si la obra de nuestra vida se limita a lo poco que estamos haciendo, pero si es lo que Dios quiere que hagamos, en realidad es una gran obra porque forma parte de la gran obra que Dios está llevando a cabo de eternidad a eternidad.
EL CONOCIMIENTO DE SU PODER
Efesios menciona algo que se extiende de eternidad a eternidad. Por un lado, tenemos la eternidad pasada. En ella Dios llevó a cabo una predestinación, un plan y una voluntad. Por otro, tenemos la eternidad futura. En ella Dios realizará Su propósito y obtendrá lo que El será para siempre.
Pero, ¿qué está realizando en medio de las dos eternidades, dentro de la expansión del tiempo? ¿Y qué está haciendo hoy para llevar a cabo lo que determinó desde la eternidad pasada y lo que obtendrá en la eternidad futura?

La oración de Pablo presenta dos aspectos, uno general y uno personal. Desde la perspectiva general, él oró para que tuviéramos el pleno conocimiento de Dios, para que conociéramos la esperanza de nuestro llamamiento, y las riquezas de la gloria de Su herencia en los santos. Y desde el ángulo de la aplicación personal, oró para que llegáramos a conocer “la supereminente grandeza de Su poder para con nosotros los que creemos”.
Después de que conocemos a Dios y Su obra de eternidad a eternidad, experimentamos tal poder dentro de nosotros, y sólo entonces el aspecto específico y personal empieza.

Primero necesitamos la visión general, para después tener la aplicación personal. Muchos cristianos han descuidado por completo el primero de estos dos aspectos; piensan que pueden prescindir del conocimiento de Dios y de Su voluntad eterna; y toman como su prioridad obtener el poder de Dios para sí mismos.
Y llegar a ser más santos, más victoriosos y más espirituales en sí mismos. Su atención está en ellos mismos y no en Dios. Pero el enfoque de Dios es diferente: por medio del conocimiento que tengamos de El y de Su propósito eterno, El obra en nosotros hasta llevarnos a cumplir Su propósito eterno. Dios obra en nuestro interior con el fin de cumplir Su voluntad eterna. Todas nuestras victorias personales y nuestras obras individuales deben estar dirigidas al cumplimiento de la meta eterna de Dios.

Muchos hijos de Dios toman con reservas este asunto. Su atención está centrada principalmente en sus cosas personales; les preocupan sobre todo sus victorias personales, su santidad personal, y que sus oraciones individuales reciban respuesta. Esta es la condición de los que no buscan al Señor de corazón y también de los que, aunque buscan al Señor, les preocupa ante todo conducirse de la manera más apropiada ante el Señor.
Muchas veces no tienen interés en el Señor sino en que sus problemas personales se resuelvan.
Su atención está fija en sus problemas personales. Todo su deseo y esperanza es simplemente que Dios les dé paz y felicidad. Un gran número de creyentes están centrados en sí mismos; toda su vida y toda su atención giran en torno de sí mismos, y no del Señor.
Es verdad que Dios desea obrar en nosotros y que necesitamos victorias personales, santidad, poder, fortaleza, libertad y liberación.

Pero hay cosas mejores que ésas. Dios quiere que tengamos una visión, y que conozcamos la meta de todo lo que El está haciendo; además, El desea obrar en nosotros para cumplir esa meta.
La meta de Dios no consiste simplemente en concedernos una vida santa y vencedora.
Su meta no es tan pequeña. Dios desea mostrarnos la obra que se propone a realizar de eternidad a eternidad.
Toda persona redimida tiene parte en Su plan, y Dios obra en ella en conformidad con la operación de la fuerza de Su poder, a fin de cumplir Su plan eterno.
Con base en todo lo anterior, debemos ver un principio crucial; que Su obra personal en el individuo depende de la visión que éste tenga;
y que el poder personal que la persona reciba se basa en la visión que tenga.

Primero viene la visión y después el poder. Primero es lo general y luego lo específico y personal.
Si alguien no tiene la visión, no puede esperar que Dios obre en su interior. Supongamos que un padre le pide a su hijo que le compre algo, y le da el dinero para ello.
El padre no espera que su hijo obtenga más dinero, sino simplemente que le traiga lo que le encargó. De igual manera, Dios nos dio poder no sólo para que tengamos un deleite personal y espiritual, sino para lograr Su meta.
Debemos examinar a fondo este asunto delante del Señor. Tal vez pensemos que este asunto es demasiado amplio.

Y ciertamente lo es, pero está estrechamente relacionado con nuestro futuro espiritual.
Muchos nunca experimentan una obra personal de Dios en sus vidas debido a que nunca han recibido una visión.
Toda obra personal se basa en la visión que recibimos de Dios. La visión viene primero, y la obra personal y específica luego. Primero obtenemos la visión, y luego experimentamos la obra. Primero conocemos la esperanza del llamamiento y las riquezas de la gloria de Su herencia en los santos; y luego experimentamos la supereminente grandeza de Su poder para con nosotros.
Que el Señor nos conceda gracia para que veamos que no es suficiente ser siervos en la casa de Dios; ni sólo llevar a cabo algunos deberes. Sólo los amigos de Dios conocen Su corazón. Deben ver, conocer y tener una visión que los atraiga y que capture su corazón, hasta el grado que comprendan que el Señor toma lo que ellos hagan como parte de Su obra.

Sólo llegamos a ser útiles al Señor cuando tenemos la visión; únicamente podemos ser usados cuando conocemos la obra de Cristo y el poder de Dios en nosotros.
Tal visión nos permite ver el plan de Dios, y tal poder nos capacita para cumplirlo.
La visión nos permite entender el plan de Dios, mientras que el poder nos permite llevarlo a cabo.
El apóstol nos muestra que no sólo debemos conocer la esperanza del llamamiento de Dios y las riquezas de la gloria de Su herencia en los santos; sino también “la supereminente grandeza de Su poder para con nosotros los que creemos”.
No sólo debemos conocer a Dios, Su plan y Su meta, sino también el poder de Su fuerza.
Si el poder de Dios no ha realizado nada en nosotros, significa que no lo conocemos realmente, ni Su plan ni Su propósito. Si conocemos a Dios, y conocemos Su plan y Su propósito, mas no la supereminente grandeza de Su poder, estaremos sólo en un plano general y no personal ni experimental.

Esta es la razón por la que debemos conocer a Dios cabalmente, tanto Su plan y propósito, como el poder de Su resurrección.
El versículo 19 dice: “Y cuál la supereminente grandeza de Su poder para con nosotros los que creemos”. Este poder es sin duda grande. Es tan grande que Dios tiene que abrir nuestros ojos para que podamos ver su grandeza. Es tan grande que ni aun los santos de Efeso alcanzaron a conocer toda su magnitud, ni a comprenderlo solos; necesitaron que Pablo orara por ellos para que Dios les concediera un espíritu de sabiduría y de revelación y que abriera los ojos de su corazón. Ni siquiera podemos determinar cuán grande es este poder. Sólo podemos decir que es muy grande; es más grande de lo que pensamos o nos imaginamos.

Por lo tanto, nunca debemos subestimar lo que está dentro de este vaso terrenal. Debemos entender que lo que está dentro de estos vasos terrenales es un tesoro (2 Co. 4:7). ¿Creemos esto?
Hay un tesoro dentro de nosotros los vasos de barro. Este tesoro es tan precioso que aun nosotros mismos, quienes lo contenemos, no alcanzamos a ver cuán precioso es. Por un lado, vemos que los vasos terrenales son sólo un tabernáculo terrenal que pronto pasará; pero por otro, vemos la supereminente grandeza del poder del Señor para con nosotros. Los hijos de Dios debemos saber lo que recibimos en el momento de ser regenerados. Cuando un hombre es regenerado, recibe al Señor. Tal vez dicha experiencia dure sólo un minuto, pero le toma treinta o cuarenta años descubrir lo que recibió en ese minuto.

La experiencia de aquel minuto sucede rápidamente, pero se necesitan treinta o cuarenta años para poder experimentar de manera continua aquel gran don que recibió en ese momento y para que Dios abra sus ojos a fin de que pueda ver tan grandioso don. De aquel minuto en adelante, la supereminente grandeza del poder de Dios empieza a operar en él. La regeneración acontece en un lapso muy corto. Sin embargo, aquellos cuyos ojos han sido abiertos, estarán de acuerdo en que lo que ellos poseen es la vida eterna y estarán de acuerdo también en que existe la supereminente grandeza del poder de Dios. Ningún hijo de Dios comprende cabalmente la grandeza que recibe en el momento de su regeneración, pero los que han experimentado un poco más de esta grandeza, son bienaventurados.

Nuestro crecimiento no depende de cuánto poder recibimos de parte del Señor, sino de cuánto vemos de ese poder. En el momento de regenerarnos, Dios depositó tal tesoro en nosotros los vasos terrenales; sin embargo, necesitamos toda una vida para descubrir la grandeza de este tesoro. Necesitamos toda una vida para descubrir qué clase de tesoro es éste. Si alguien no ve ninguna diferencia entre el tesoro que recibió el día en que fue salvo, y el tesoro que tiene diez o veinte años después, realmente no ha progresado en absoluto. Aunque ha vivido diez o veinte años como creyente, sigue siendo un niño recién nacido. Dios desea que veamos la supereminente grandeza de Su poder para con nosotros, por medio de la revelación del Espíritu Santo. Nuestra debilidad o fortaleza depende de cuánto hayamos visto.

Quienes tienen la visión, son fuertes; y los que no, son débiles. Los fuertes no son los que han recibido, ni los débiles los que no han recibido; pues todos hemos recibido. Lo crucial es si hemos visto o no. Dios obra en nuestro interior no porque le pidamos cosas. El ya nos dio todo lo que nos puede dar; todo está dentro de nosotros. Lo que tenemos que hacer ahora es pedir a Dios que nos dé espíritu de sabiduría y de revelación para poder ver lo que ya recibimos. Aquellos que ven tienen la experiencia. Muchos santos han experimentado un avance espiritual, no por haber recibido una infusión del poder de Dios, sino porque, volviendo en sí, exclamaron: “Gracias Señor, todas estas cosas son mías”. Ellos no rogaron incesantemente que se les concediera lo que les faltaba, pues se dieron cuenta de que ya lo tenían todo, y sólo agradecieron y alabaron a Dios. Aquellos que nunca han visto esto, no conocen la supereminente grandeza del poder de Dios.

¿Cuán grande es el poder de Dios? Pablo habla de “según la operación del poder de Su fuerza”. Debemos prestar especial atención a la expresión “según”. Debemos entender que el poder que actúa en los que creen, actúa según la operación del poder de Su fuerza. En otras palabras, el poder que opera en la iglesia es tan grande como el poder de la fuerza que operó en Cristo. El poder de la fuerza con que Dios opera en nosotros es tan grande como el poder de la fuerza con la que El operó en Cristo. No existe diferencia. No sé si ustedes han visto esto. Si no lo han visto, deben orar. No deben pensar que están bien en todo solamente porque leyeron el libro de Efesios unas cuantas veces o porque han memorizado los versículos 19 y 20 del primer capítulo.

Lo que verdaderamente cuenta es la revelación y la visión que reciban. Pablo oró pidiendo que nosotros pudiésemos ver la supereminente grandeza del poder de Dios que recibimos. Si no vemos que el poder que está en nosotros es el mismo que está en Cristo, debemos seguir pidiendo que podamos ver. Si el poder manifestado en nosotros no es el mismo manifestado en Cristo, tenemos que confesar que todavía hay cosas que no hemos visto. Debemos reconocer humildemente que hay muchas cosas que aún no vemos, y que necesitamos que Dios nos las muestre. Sea que las hayamos visto o no, eso no cambia el hecho: el poder que se encuentra en los que creen en Cristo, es tan grande como el poder que está en Cristo mismo. Damos gracias al Señor porque éste es un hecho. Que el Señor abra nuestros ojos para que podamos ver. No tenemos que pedir a Dios que nos transmita más poder. Sólo tenemos que pedirle que nos ayude a descubrir lo que ya tenemos en nuestro interior. Si Dios abre nuestros ojos, y vemos, le alabaremos por lo que ya tenemos.

Ahora veamos qué ha hecho este poder. Pablo dijo: “Según la operación del poder de Su fuerza, que hizo operar en Cristo, resucitándole de los muertos” (vs. 19-20). Este poder facultó a Cristo para resucitar de entre los muertos. Hablar de la resurrección es precioso para nosotros. La resurrección significa ser librado de los dolores de la muerte (Hch. 2:24). La muerte no puede detener a Cristo. Nadie que haya muerto ha podido volver a la vida. Nunca ha habido tal persona. Todos los que murieron en otras épocas, permanecen muertos; no pueden regresar. No obstante, hubo un hombre que resucitó de los muertos. Este es nuestro Señor. El dijo: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn. 11:25). El es la vida; por lo tanto, todo aquel que cree en El nunca morirá. El es la resurrección; así que quienes creen en El, aunque mueran, resucitarán.

Todo el que ha muerto, está aprisionado por la muerte, nadie puede escapar de ella. Sólo un poder fue lo suficientemente grande como para entrar en la muerte y salir de ella. Este poder es el poder de Dios. Cuando ustedes ven que alguien muere y desean que pudiera seguir viviendo, en ese momento pueden comprobar cuán grande es el poder de la muerte. Es fácil que un hombre entre en la muerte pero es imposible que salga de ella. Es posible que un hombre se resista a vivir, pero es imposible que se resista a morir. La obra de Satanás se lleva a cabo por medio de las tinieblas y de la muerte. Pero el poder de Dios puede pasar por la muerte sin ser detenido por ella; el poder del diablo no puede vencer tal poder, ni el poder del Hades lo puede absorber. Esta es la resurrección. La resurrección pasa por la muerte y no es afectada por ésta. Este poder se encuentra ahora en nosotros. El mismo poder que levantó a Cristo de entre los muertos, nos capacita para pasar por la muerte sin ser atrapados por ella.

El poder que permitió que el Señor Jesús fuera levantado de la muerte nos permitirá también a nosotros resucitar de entre los muertos.
Este poder no sólo levantó a Cristo de la muerte sino que también lo sentó “a Su diestra en los lugares celestiales, por encima de todo”; además, “sometió todas las cosas bajo Sus pies, y lo dio por Cabeza sobre todas las cosas a la iglesia”. Dios dio a Cristo por Cabeza sobre todas las cosas a la iglesia. Cristo como cabeza sobre todas las cosas edifica la iglesia. Esta es la razón por la que la iglesia puede recibir el poder del Señor. Hermanos, tal es el poder que se encuentra en ustedes; tal es el tesoro que tienen en su interior. Si aun así, todavía dicen que no pueden ser creyentes, ¿qué más puede darles Dios para que lo sean? Deben decir al Señor: “No me tienes que dar nada más. Ya lo has hecho todo”.

Este poder se encuentra ahora en ustedes. Para un creyente no existe problema imposible de resolver, ni tentación insuperable. El poder que el creyente tiene en su interior es el poder de resurrección, el cual lo trasciende todo y es el mismo poder que puso todas las cosas bajo los pies de Cristo. También es el mismo poder que operó en Cristo.
Pablo tuvo mucho cuidado al escribir el libro de Efesios. El temía que erróneamente pudiéramos pensar que esta obra específica era personal, y por ello después de la expresión: “lo dio por Cabeza sobre todas las cosas...”, añadió: “a la iglesia, la cual es Su Cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo ” (vs. 22-23). La obra aplicada del Señor no se dirige a creyentes individuales, sino al Cuerpo. Dios nos muestra que Su plan eterno está relacionado con la iglesia, y no con los creyentes individuales.

Es la iglesia la que se relaciona con el plan eterno de Dios. En la eternidad pasada Su plan se relaciona con la iglesia; en la futura también se relaciona con la iglesia y en la actualidad, la obra de Dios también gira en torno a la iglesia. Todo tiene que ver con la iglesia, no con los creyentes en forma particular. Dios quiere que la iglesia reciba este poder, no los individuos. Solos nunca podremos adquirir este poder. Tenemos que pedir a Dios que nos dé Su gracia para que veamos el Cuerpo de Cristo, y que nuestra vida sólo puede ser preservada en el Cuerpo. Ningún miembro que esté aislado del Cuerpo será útil. La vida es preservada cuando ni nuestra vida interior ni la de otros es interrumpida. Si un vaso sanguíneo se rompe y la sangre brota sin parar, todo el cuerpo morirá. Por el lado positivo, cuando los oídos escuchan, todo el cuerpo escucha; cuando los ojos ven, todo el cuerpo ve; lo que un miembro recibe, lo reciben todos los miembros.

Por lo tanto, tenemos que aprender a vivir en el Cuerpo. Debemos aprender a estimarnos menos a nosotros mismos y a valorar más a la iglesia. Tenemos que aprender a seguir adelante junto con todos los hijos de Dios y entender que el Cuerpo es el vaso corporativo que preserva la vida. Pablo dijo: “La iglesia, la cual es Su Cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo”. La supereminente grandeza del poder de Dios la experimentan aquellos que conocen la iglesia. Si alguien no ve la iglesia ni se niega a sí mismo, no tendrá forma de que la supereminente grandeza del poder de Dios se manifieste en él. Por lo tanto, cuando hablamos de la obra aplicada de Dios en nosotros, la unidad básica es la iglesia, y no el creyente individual.

Que Dios abra nuestros ojos para que realmente veamos Su obra en nosotros. Este gran poder viene de nuestra visión y no de otros medios de gracia. Lo más importante es la revelación y la visión. Es inútil simplemente escuchar las doctrinas. Si oímos muchas doctrinas, pero no tenemos ninguna revelación, no experimentaremos ningún poder en nosotros; y las doctrinas que escuchemos serán como cheques sin fondos, que nunca podemos cobrar ni hacer efectivos. Que el Señor nos libre de doctrinas huecas y nos conceda un espíritu de sabiduría y de revelación, de manera que verdaderamente podamos ver algo.

LA NECESIDAD DE REVELACION

Ya vimos la oración de Pablo en el primer capítulo del libro de Efesios. En esa oración hay un punto principal: él esperaba que los creyentes recibieran un espíritu de sabiduría y de revelación, con el fin de que sus ojos fueran abiertos para ver ciertos asuntos. Efesios 1 habla de que todas las obras de Dios fueron concluidas. No es necesario que El realice más obras en nuestro favor, pero sí necesitamos recibir la revelación de las obras que ya efectuó. Dios tiene un plan y un propósito. Y hoy Sus hijos deben conocer dicho plan y dicho propósito. Hebreos 11:6 dice: “Es necesario que el que se acerca a Dios crea que existe”. Dios simplemente es; El nunca cambia. Nosotros necesitamos una revelación para ver a Dios. El apóstol oró para que Dios nos concediera un espíritu de sabiduría y de revelación en el pleno conocimiento de El, quien ya existe, para que pudiésemos tener un conocimiento pleno del plan que hizo de antemano y de las obras que ya realizó.

Muchos creen que Dios hará nuevas determinaciones y nuevas obras en Su plan. Pero el apóstol nos mostró que Dios no necesita hacer esto. No importa si deseamos que el plan de Dios sea de esta o aquella forma; El ya lo decidió todo; sólo falta que nosotros veamos lo que El ya determinó. No tenemos necesidad de que haga nada nuevo; sólo debemos ver lo que ya llevó a cabo. Al ver, llegamos a tener una experiencia nueva. Necesitamos un espíritu de sabiduría para entender Su obra, y revelación para conocer lo que ha realizado. Solo así llegaremos a ser útiles a Dios.
Pablo nos mostró dos secciones de la obra de Dios. La primera fue realizada antes de la fundación del mundo, y la segunda en la cruz. Una se relaciona con Su plan eterno, el cual fue hecho antes de la fundación del mundo. La otra con nuestra caída y nuestro fracaso, los cuales El resolvió en la cruz.

En la eternidad Dios determinó un llamamiento, una elección y una predestinación. Todo lo que El deseaba lo decidió antes de la fundación del mundo. Nadie puede cambiar lo que El escogió y predestinó. Desde la fundación del mundo el hombre cayó, y Satanás se infiltró en él con el fin de destruir la obra de Dios. No obstante, podemos contar con la supereminente grandeza del poder de Dios para con los que creemos. Aunque hubo una caída, también hubo una redención. Hubo una muerte, pero también una resurrección. Dios cuenta con un plan eterno y con una cruz para redención. Parecería como si el plan eterno hubiera sido dañado por el hombre, pero lo que la caída dañó, ha sido recobrado y restablecido por la resurrección. La cruz puede romper el hechizo de la caída, y la resurrección puede eliminar la muerte. Podemos ver que la obra de Dios fue concluida por medio de la cruz y la resurrección.

Dios culminó Su obra. Ninguno de nosotros tiene que pedirle que haga algo más. Algunos pueden decir: “Habría sido maravilloso si Dios hubiera hecho un arreglo adicional antes de la fundación del mundo”. Sin embargo, Pablo dice que el arreglo que Dios hizo antes de la fundación del mundo era perfecto. Tal vez pensemos: “Qué maravilloso sería si Dios hiciera algo más para nosotros hoy”. Pero lo que Dios desea es que entendamos que todas las cosas ya se realizaron en la cruz y por medio de la resurrección. Los creyentes de hoy no tienen que pedirle a Dios que haga nada más. Lo que necesitan es Su revelación. Pablo no oró para que Dios hiciera algo más; ni deseaba que Dios nos diera una gracia más rica.

Tampoco oró para que Dios manifestara más de Su poder en nosotros. Sencillamente oró para que Dios nos diera espíritu de sabiduría y de revelación en el pleno conocimiento de El, y para que alumbrara los ojos de nuestro corazón a fin de que viéramos y conociéramos la esperanza de nuestro llamamiento, las riquezas de la gloria de Su herencia en los santos y la supereminente grandeza de Su poder para con nosotros. Pablo tampoco oró para que se nos diese más de Dios, sino para que viéramos la gloria, las riquezas y la grandeza de lo que recibimos. En el presente no nos falta la obra de Dios, sino la revelación de Su obra. Necesitamos ver más de la obra de Dios, no necesariamente que Dios haga más cosas. La oración de Pablo en Efesios 1 estaba dirigida a que los santos vieran lo que Dios ya efectuó. El no oró para que Dios les diera a los creyentes más poder; ni para que llevara a cabo más obras.

Su oración consistió en pedir sabiduría y revelación, las cuales nos capacitan para que veamos lo que Dios ya realizó. La respuesta a esta oración es que nosotros veamos. No es un asunto de si Dios hace algo o no, sino si nosotros recibimos revelación o no. Hay una gran diferencia entre estos dos asuntos. Muchos creyentes esperan “cosas”, como si Dios nunca hubiera hecho nada en ellos, ni les hubiera dado nada. Sin embargo, lo especial de Efesios 1 es que nos muestra que Dios ya lo hizo todo; no nos dejó nada a nosotros. Dios realizó todas las cosas en la eternidad pasada, sobre la cruz y en la resurrección. Sólo nos resta hacernos una pregunta: ¿Podemos ver Su obra completa? Lo importante no es tanto si Dios actúa o no, sino si nosotros hemos visto la obra que El ya realizó.

Supongamos que un hermano tiene un genio terrible y no puede controlarlo ni en una, ni en dos, ni en tres ocasiones. El se pregunta por qué Dios no lo libra de su ira. Parece como si en parte culpara a Dios de ello. ¿Pueden ustedes notar que el problema radica en que él todavía espera que Dios efectúe alguna obra? El piensa que todo estaría mejor si Dios moviera un dedo para resolver su problema. Pero Efesios 1:3 dice que Dios “nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo”. “Nos bendijo” indica algo ya efectuado. Dios no quiere que le pidamos que haga algo más.

El desea abrir nuestros ojos para que nos demos cuenta de que El ya lo efectuó todo. ¡Aleluya! Dios quiere que veamos que El ya lo hizo todo. Esto es lo que nos enseña Efesios 1. Es probable que oremos de la siguiente manera: “Dios, ¿por favor dame más poder para hacer huir mi mal genio y poner fin a mis malos hábitos?” Podemos orar por esto, pero la Biblia dice que lo que necesitamos no es un poder más grande, sino un espíritu de sabiduría y de revelación para ver la supereminente grandeza del poder que tenemos en nuestro interior. Si un día Dios abre nuestros ojos, podremos ver cuán grande es el poder que llevamos dentro. Entonces, de inmediato estaremos de acuerdo en que no hay nada más grande que este poder.

Hermanos, ¿se dan cuenta de que el poder de la resurrección es el mayor poder que Dios tiene? La Biblia nos revela que la resurrección es la cúspide de la obra de Dios. En la resurrección Dios llegó a la cumbre más elevada de Su obra. Dios quiere abrir nuestros ojos para que veamos que El no necesita hacer ninguna otra obra. La obra de Dios, en Cristo llegó a la cúspide más alta; no es posible añadirle algo más. Como resultado de esto, en Efesios 1, Pablo no le pide a Dios que haga nada más. En su oración, él no espera que Dios realice ninguna otra obra. ¡Agradezcamos y alabemos al Señor! Porque Su obra está concluida. Es imposible añadirle algo. A Dios sólo le resta abrir nuestros ojos y mostrarnos un poquito de esto. Tan pronto como veamos la clase de poder que tenemos, éste se manifestará en nosotros.

Hay muchos hijos de Dios que esperan una salvación en el futuro. Para ellos la salvación puede venir mañana o el próximo año. Pero Dios quiere mostrarnos una salvación ya realizada. No tenemos que esperar al futuro. Para muchos, la victoria es algo que pertenece al mañana o al futuro. Las aspiraciones, esperanzas y oraciones de muchos apuntan hacia el futuro. Pero si tuvieran revelación, verían los hechos realizados de Dios. Apocalipsis nos muestra claramente que Dios ya llevó a cabo Su obra, no que la va a realizar. Muchos esperan liberación debido a que tienen ciertas debilidades. Pero a los ojos de Dios, todas nuestras debilidades y fracasos ya fueron eliminados en la cruz. Cuando nuestros ojos sean abiertos, exclamaremos: “Dios, te alabo y te agradezco porque has cumplido la obra, y porque ya has vencido todos estos asuntos”.

Valoramos mucho Efesios 1 porque allí se nos muestra que el perdón, la redención y la impartición del Espíritu, son hechos consumados. Ahí se nos muestra que todas estas cosas ya nos pertenecen, y que sólo nos falta revelación, para que todo se acomode en su lugar. Aún permanecemos muy débiles porque no hemos visto. Aunque el Señor Jesús tenía tanto poder cuando estaba en la tierra, nosotros seguimos muy débiles, porque no hemos recibido la visión. El poder que Dios tiene para con aquellos que creen es el mismo que operó en Cristo. Dios nos ha dado ese poder. La diferencia radica en que no vemos como nuestro Señor veía. Hoy la diferencia no se encuentra en el tipo ni en el grado de poder que tengamos, sino en cuánto vemos. Lo que nos falta hoy es revelación. Una vez que la tengamos, todo estará bien.

Esta es la razón por la que tan insistentemente recalcamos la necesidad de revelación. Sin ella, no prevaleceremos. Hemos hecho énfasis repetidas veces en que no nos será de ninguna utilidad escuchar acerca de algo nada más; necesitamos verlo. No es asunto de doctrina, sino de revelación. No nos será de ningún provecho aun si nos familiarizamos con el primer capítulo de Efesios y lo memorizamos. Pero en el momento en que veamos su contenido, seremos transformados en otras personas. Pablo ora para que Dios nos “dé espíritu de sabiduría y de revelación” (v. 17). Aparte del Espíritu Santo, nada nos será de utilidad. La inteligencia será inútil, y las doctrinas no traerán ningún provecho. Sólo el Espíritu Santo puede abrir nuestros ojos y concedernos visión. Cuando en verdad el Espíritu Santo abra nuestros ojos y nos dé visión, inmediatamente diremos: “Te damos gracias Señor porque esto ya se realizó”. No debemos esperar a que Dios nos dé un poder más grande. Sólo tenemos que ver la grandeza del poder que ya nos dio. Un espíritu de sabiduría nos hará entender, y un espíritu de revelación nos facultará para ver. Necesitamos sabiduría y revelación; sabiduría para poder entender y revelación para poder ver.

Tal vez hemos oído muchas veces acerca del plan de Dios, y de la posición que tiene la iglesia en relación con Su plan eterno. Pero, ¿cuándo nos hemos relacionado con este plan eterno? La revelación que recibimos es el principio. La revelación nos capacita para poder ver lo que Dios dispuso, Su obra realizada en la eternidad pasada y lo que logró en la cruz. La revelación nos muestra el plan eterno y la obra de la cruz, y nos capacita para entender, ver y conocer el poder que Dios tiene para con nosotros. La revelación nos hace parte de la iglesia, y desde el momento en que la obtenemos, llegamos a ser vasos útiles en la mano del Señor.

Es posible que algunos de nosotros ya estemos familiarizados con estas palabras, pero necesitamos recordar una vez más, ante el Señor, la importancia de la revelación. Creemos que en los cielos a Dios le interesa que tengamos Su revelación, pues El ya realizó todo lo que se había propuesto. La pregunta que nos queda por hacernos es ¿cuánto de esto ha visto el hombre? No tenemos que pedir nada más. Sólo tenemos que orar como Pablo por nosotros mismo y por los demás hermanos y hermanas, para que Dios les conceda un espíritu de sabiduría y de revelación. Tenemos que humillarnos delante de Dios y orar: “¡Señor, quiero ver, quiero ver!”

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